miércoles, 16 de diciembre de 2015

Skippy, el androide Jedi

Hola, con el estreno cercano de la nueva película de la Guerra de las Galaxias me permito rescatar un relato publicado el 28 de marzo de 1997 como homenaje al 20 aniversario de la primera película.

El autor Peter David, es uno de mis guionistas preferidos (El Increible Hulk, Spiderman 2099, Supergirl...) Sin mas os dejo con el texto introductorio y el posterior relato:

El Androide Jedi, 28 de marzo de 1997

   Y ahora, conmemorando el 20 aniversario de Star Wars, os presentamos la historia jamás contada (bueno, jamás contada hasta hoy) del individuo más importante de toda la trilogía. No hay libros sobre él, no hay documentación, no hay ni una sola referencia a él en ninguna descripción de los puntos básicos de Star Wars, Prestad atención a este relato - que es (R), TM y (c) Lucasfilm Ltd, y no será corroborado por nadie de esa organización -

STAR WARS CAPÍTULO 3: SKIPPY, EL ANDROIDE JEDI


-Por Peter David


El Emperador creía haber conseguido eliminar hasta el último de los caballeros Jedi. Sin embargo, estaba equivocado.


Quedaba uno y su nombre era Obi-Wan Kenobi. Obi-Wan vivía en un mundo desolado llamado Tatooine, donde había decidido instalarse por una razón: porque sabía que en ese mundo aparentemente estéril, quedaban dos jedis en potencia. Uno era Luke Skywalker, hijo de Anakin Skywalker, uno de los antiguos pupilos de Obi-Wan.


Al otro, en cambio, Obi-Wan no lo conocía. Sólo sabía que había otro Jedi en la superficie de Tatooine pero no podía localizar al misterioso caballero. La situación resultaba frustrante para Kenobi que, siendo como era maestro de la Fuerza, creía que sería fácil encontrarle. Pero no lo era. Durante mucho tiempo buscó en Tatooine, en todo tipo de antros y nidos de escoria y villanía, en nauseabundos cónclaves de depravación y degradación, y en otros muchos sitios de complicada sintaxis.


Pero no podía encontrar por ninguna parte a ese misterioso caballero Jedi. En ocasiones sentía que estaba casi encima suyo pero, cuando miraba a su alrededor, examinando la multitud de seres alienígenas que le rodeaba, era incapaz (a pesar de todos los poderes que le otorgaba la Fuerza) de localizarle.


Poco sospechaba que el misterioso Jedi estaba, literalmente, delante de sus narices. Porque aquél al que buscaba era, como ya hemos mencionado:


Skippy, el Androide Jedi.


Skippy era un humilde androide del tipo R2, uno de los modelos antiguos. Y no estaba muy seguro de cuándo había comenzado a ser consciente de sí mismo. La inteligencia artificial no era nada nuevo en los androides, por supuesto. Los androides podían pensar, sentir y responder. Podían estremecerse de miedo o cargar contra un rival con valentía. Podían hacer cualquier cosa que los seres vivos pudieran hacer excepto, claro está, mandar un maldito e-mail o copiar un maldito archivo*, pero ya lo he comentado al final de este artículo y no es consecuente, así que sigamos.


A pesar de todas las habilidades y talentos que poseían los androides, Skippy era algo más. Algo distinto. Cuando intentaba relacionarse con sus semejantes, con otras máquinas, todos los androides se reían de él y le insultaban. Nunca dejaban que el pobre Skippy participara en sus juegos de androides.


Pero él lo sabía. Sabía que tenía algo dentro de él, una habilidad que estaba más allá de cualquier cosa a la que pueda aspirar cualquier androide. No siempre lo había sentido; vino a él un día mientras iba de un lado para otro, sirviendo bebidas para el conocido ganster Jabba el Hutt. Jabba era un amo cruel e irascible, y muchos androides que trabajaban para él habían sido objeto de terribles castigos. Skippy, como cualquier otro androide, quería evitarlo.


Aunque parecía que el castigo iba a llegarle el día que un cazarrecompensas tropezó con Skippy mientras le llevaba una bebida a Jabba. Skippy supo que cuando esa bebida se derramara por el suelo que ya podía ir despidiéndose. El momento en que la bebida iba cayendo pareció extenderse hacia el infinito y, en ese instante eterno, Skippy, la alcanzó. La alcanzó con la mente, con los sentimientos.


Y la bebida, que había empezado a caerse de la pequeña bandeja que Skippy llevaba en la cabeza, se enderezó.


Instintivamente, Skippy supo que esto era imposible. La bebida se había volcado, su centro de gravedad se había desplazado. De ninguna manera podía haber dejado de caerse. Pero lo había hecho.


Sucedió tan rápido que nadie se dio cuenta. Skippy sirvió tranquilamente la bebida a Jabba y volvió a sus tareas. Pero esa noche, mientras todo el mundo dormía, intentó mover algo: nada grande, sólo una piedra. Al principio no sucedió nada, pero lentamente la roca comenzó a temblar, a moverse, a agitarse y, al final, se elevó un poco en el aire y comenzó a subir cada vez más alto.


Skippy practicó noche tras noche. No tenía ni idea de qué estaba sucediendo; sólo sabía que poseía una extraña habilidad. Preguntó a otros androides, que le dijeron que los únicos capaces de semejantes trucos eran los caballeros Jedi, pero que ya no quedaba ninguno. Skippy intentó aprender todo lo que pudo sobre los caballeros Jedi y sobre lo que eran capaces de hacer.


Habló con otros androides de su descubrimiento, pero apenas le prestaron atención y le miraron con incredulidad. Vista la reacción, intentó mostrarles sus habilidades, pero estaba tan enfadado por su desprecio que era incapaz de enfocar la Fuerza. En lugar de eso, decidió ignorar sus burlas, buscar sus propios sentimientos y aprender sobre los poderes de la Fuerza y cómo manipularlos. Mientras lo hacía, se dio cuenta que intentar justificarse ante un puñado de estúpidas máquinas no era relevante. Estaba llamado a hacer cosas mucho más grandes, y su ridículo no era importante.


Y una noche, una asombrosa noche, Skippy escapó. Con su milagroso poder, desactivó el mecanismo que le aprisionaba, aplicando la Fuerza. El mecanismo, simplemente, se desprendió de él cayendo inútil al suelo.


Se dirigió hasta la salida del palacio de Jabba y dos enormes guardias de aspecto porcino le cerraron el paso. Pero Skippy usó el poder de la Fuerza y les dijo: “Beep a sep doo bop bop”, que significa “No soy el androide que estáis buscando”. Los guardias dudaron durante sólo un instante y se apartaron. Skippy rodó hacia la libertad, la libertad de buscar su propio destino como androide Jedi.


Sin embargo, había un problema con el que se iba a tener que enfrentar Skippy. Estaba en medio del desierto (cosa nada sorprendente, puesto que todo Tatooine es un desierto). Jedi o no, androide o no, estar en un desierto puede intimidar a cualquiera. Skippy hizo lo que pudo. Viajó por la noche, buscando su destino. De día, se ocultaba entre las sombras para protegerse de los soles gemelos de Tatooine (en cambio, por mucho que lo intentara, no podría haberse protegido del hecho que las estrellas binarias tienen una fuerza de gravedad tan grande entre ellas que simplemente no tienen planetas, pero no vamos a meternos en esto). Se escondió de los moradores de las arenas de Tusken. Se escondió de los gusanos de arena de Dune.


Pero el destino no parecía demasiado interesado en encontrar al pobre Skippy y, mientras, su energía comenzó a agotarse. Quedó completamente bañado de suciedad, que se le incrustaba, y la arena se introducía en su interior. Sus baterías se estaban agotando con pocas esperanzas de ser recargadas, sin importar lo cuidadosamente que administrara su energía. Y, lentamente, empezó a darse cuenta de que, a pesar de que era un androide elegido por el destino, tal vez no iba a tener la oportunidad de encontrarlo. Y entonces, resultó que el destino le encontró a él.


Un día, el suelo tembló ante él y vio como se le acercaba un enorme vehículo rodante tripulado por pequeños Jawas. En circunstancias normales hubiera intentado esconderse pero sabía que, a pesar de lo desagradable que le parecía ser recogido por contrabandistas de robots y chatarra, pocas opciones más le quedaban. No duraría mucho por sí mismo.


Así pues, Skippy dejó que los Jawas le vieran y rápidamente salieron para llevarle a su vehículo. Le limpiaron lo mejor que pudieron, aunque lo que realmente lo que necesitaba era un baño de aceite y un juego nuevo de juntas. Skippy decidió quedarse en el transporte durante un tiempo. Sabía que, con su dominio de la Fuerza, podría escapar en cualquier momento. No se molestó en hablar al resto de los androides sobre sus habilidades, ya que sabía que era una pérdida de tiempo.


Y un día conoció a dos androides. Uno era una unidad R2 de color azul. Pero esta nueva unidad parecía estar obsesionada con algún tipo de misión. Le dijo a Skippy que debía llevar un mensaje a Obi-Wan Kenobi.


El nombre encendió una luz en la mente de Skippy. De algún modo, supo que ese nombre era importante pero no sabía cómo. Sintió que la Fuerza estaba intentando decírselo, pero se encontraba tan frustrado que era incapaz de comprenderlo. Poco después de conocer a R2, apareció también otro androide. Éste se llamaba C3PO y no se callaba nunca. Se quejaba y se quejaba y no dejaba a Skippy concentrarse para meditar en lo que la Fuerza intentaba decirle.


Algo nuevo le sucedía a Skippy, algo distinto. Tenía una especie de premoniciones, imágenes rodando por su mente que no conseguía entender: una visión de un hombre vestido de negro y de una joven, que por alguna extraña razón, llevaba unas ensaimadas en la cabeza. Y soldados, muchos soldados, vestidos con armaduras blancas, a veces montados en extrañas criaturas parecidas a los lagartos, pero otras veces sólo se sentaban en una gran réplica de uno de esos bichos. Era todo muy confuso.


Un día, el vehículo Jawa se detuvo. Skippy pudo averiguar por el ruido que los Jawas tenían clientela. Sacaron todos los androides a la ardiente superficie de Tatooine.


Se acercaron dos personas. Eran dos granjeros de humedad; Skippy sabía reconocerlos. Parecían modestos, gente del montón, un chico joven y un hombre mayor.


El joven…tenía algo. Había algo que inspiraba…grandeza. Skippy lo supo al instante: la Fuerza era fuerte en el interior del chico rubio. Skippy empezó a agitarse sorprendido e inquieto. El destino le había encontrado, al fin y al cabo. Iba a ser el androide de un futuro Jedi. Y siendo él mismo un Jedi, podrían convertirse en un equipo imparable. Podrían derrotar al Imperio, devolver la paz a la galaxia. Entre los dos, podrían restaurar de nuevo la gloria de los Jedis.


Era un truco sencillo alcanzar y manipular la mente del hombre mayor, el llamado Owen. Owen estaba ocupado con la parlanchina unidad C3PO, que no dejaba de calentarle la oreja, y acababa de decidir llevarse a aquel androide charlatán. Skippy deslizó un pensamiento en la mente de Owen. Un pensamiento que decía “Yo soy el androide que estás buscando.”


-Y ese rojo –dijo Owen, señalando a Skippy-. El joven inexperto, el futuro Jedi, se acercó y le dijo: “Venga, Rojo, nos vamos.” Skippy rodó hacia delante, con las imágenes sobre su futuro flotando a su alrededor, a punto de empezar a formar una imagen clara.


Y entonces, la unidad R2 azul comenzó a moverse atrás y adelante, llamando a C3PO. C3PO miró atrás un momento…y siguió avanzando. La unidad R2 comenzó a seguirle, frustrado, y uno de los Jawas corrió tras él y lo detuvo.


Fue en ese momento cuando las imágenes se aclararon para Skippy: el futuro, o el futuro potencial que se le presentaba, le cortó el aliento…o se lo habría cortado de haberlo tenido. Skippy iría con la unicad C3PO y el futuro Jedi. Él intentaría comunicarse con el joven Jedi, pero C3PO rechazaría traducir “semejante basura”. Skippy intentaría comunicarse moviendo cosas usando el poder de la Fuerza, y sus habilidades aterrorizarían a sus nuevos propietarios…especialmente al tío Owen, que ya sabía lo que esos poderes conllevaban. Borraría inmediatamente la memoria de Skippy y el androide Jedi dejaría de existir.


Mientras, la unidad R2 azul se quedaría con los Jawas…y llegarían los hombres con armadura blanca, que saquearían a los Jawas, les matarían y se llevarían a la unidad R2. Se la llevarían al hombre oscuro del casco y la capa.


El hombre oscuro destruiría la unidad R2. Mataría a la joven de las ensaimadas en la cabeza. La búsqueda de los rebeldes seguiría y, en algún momento, les encontrarían. Una apabullante fortaleza espacial cubriría el cielo sobre sus cabezas y les borraría de la existencia, y, simplemente, la rebelión terminaría así. Obi-Wan Kenobi sentiría sus mentes gritando de terror, sabría que los restos de la rebelión habrían sido aniquilados y, lleno de desesperación, su poderoso corazón se rendiría y él moriría, solo y olvidado en su morada.


El joven Jedi rubio nunca conocería su destino. Se quedaría a pudrirse en Tatooine, dándose una excusa tras otra mientras miraba el cielo buscando su destino, pero nunca llegaría a ser más que un granjero de humedad.


Todo esto porque Skippy el androide Jedi había sido elegido en lugar de la unidad R2 azul. Si la unidad azul hubiera ido con el joven Jedi, el futuro hubiera tomado un camino muy distinto. Uno mucho más grande…que no incluía a Skippy.


El destino de toda la galaxia pendía de un hilo, de la decisión de un valiente androide. Sabía lo que tenía que hacer. Usando la Fuerza, Skippy la dirigió hacia el interior como un punzón, volando sus propios mecanismos internos. Se detuvo y el futuro Jedi rubio, el llamado Luke, paró y lo miró contrariado. “Tío Owen –dijo-, esta unidad tiene el impulsor estropeado. ¡Mira!.”


¡Oh, qué irónica era esa afirmación! ¡Oh, qué increíble ironía! Skippy tenía el más maravilloso impulsor de todos. Estaba intentando salvar una galaxia entera.


Con su fuerza agotándose, Skippy alcanzó los circuitos de la unidad C3PO. Mientras Owen discutía con los Jawas, la unidad C3PO (que había estado muy contenta de abandonar a la unidad R2 azul apenas unos instantes antes) dijo repentinamente: “Perdone señor, pero esta otra unidad R2 está en óptimas condiciones. Una auténtica ganga.”


Sin darle demasiada importancia, Luke dijo: “¡Tío Owen! ¿Qué tal está?” Y señaló la unidad E2 azul, En ese momento, con ese gesto, con esas palabras, el otro futuro se desvaneció, disuelto como un papel en el agua. Skippy, con sus circuitos fallándole, con su conciencia evaporándose, vio lo que estaba por venir. La acción, la grandeza, el triunfo…todo gracias a él. A su sacrificio. A la heroicidad del más grande y desconocido Jedi de la historia de la galaxia.


“Llevaos éste”, dijo Luke en tono despectivo, y los Jawas se llevaron a Skippy al interior de su transporte. Su última visión, antes de que la negrura de la desconexión final le abrazara, fue ver a la unidad R2 azul rodando junto al dorado C3PO, como si fuera lo que siempre debía haber sido.


Los Jawas no tuvieron tiempo de reparar a Skippy antes de que las Tropas de Asalto llegaran y les incineraran. El primer y último androide Jedi murió plácidamente sumido en coma, con su carcasa volada en pedazos por un rayo perdido de un soldado. Murió solo, sin nadie que le recordara ni le llorara.


Hasta ahora.


Sed amables con vuestros androides y con todos vuestros aparatos electrónicos. Los sentimientos y el conocimiento del universo son unos dones muy raros y preciosos. Un nunca sabe dónde los va a encontrar.


Pero la próxima vez que estés solo y sientas algo…un débil pitido en tu cabeza o el sonido de los motores chirriando…tal vez estés sintiendo a Skippy. Es un con la Fuerza, siempre presente, buscando siempre a otros de su especie. Otros que pueden estar en tu cocina o en tu escritorio, o en tu estantería, en cualquier lugar donde haya máquinas, donde haya sentimientos estará…Skippy, el Androide Jedi.


PD: La Historia relatada en esta columna por Peter David apareció finalmente publicada en el Star Wars Tales nº 1, convertido en un relato de 7 páginas dibujadas oor Martín Egeland (Septiembre 1999). Se que hay una edición antigua de Planeta DeAgostini, desconozco si hay alguna mas moderna.

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